Doctor Germán González Carrillo

Todos aquellos que en vida le hemos querido, respetado y admirado
lloramos su marcha, es cierto. Sin embargo, sentimos al mismo tiempo la
responsabilidad y el deber de ser fieles a sus siempre sabios consejos
de serenidad, a su eterna afirmación y visión positiva de la vida, y es
por ello que en estos duros momentos nos sentimos agradecidos y
orgullosos de haber disfrutado durante tantos años de la sincera
amistad de un hombre excepcional.
El doctor González Carrillo
era original de Nigüelas, una pequeña localidad granadina situada en el
Valle de Lecrín. Aunque personalmente ya conocía a Germán de cuando
ambos estudiábamos en la Facultad de Medicina de la Universidad de
Granada, fue en Cádiz donde, ya para siempre, se estrecharon
fuertemente nuestros lazos de entrañable amistad.
Efectivamente,
Germán (que había obtenido antes el título de maestro de Primera
Enseñanza), tras cursar la carrera de Medicina en la universidad
granadina (donde se licenció en 1955), se trasladó a Cádiz, donde, bajo
la dirección del profesor Manuel Cruz Hernández, desempeñó los puestos
de jefe de servicio de Neuropsiquiatría y Electroencefalografía. En
septiembre de 1959 leyó su tesis doctoral, titulada "Estudios
cromatográficos de aminoácidos del líquido cefalorraquídeo en las
enfermedades nerviosas de la infancia".
Vuelve a Granada,
donde ocupa primero el cargo de jefe de la Clínica Universitaria de
Psiquiatría y posteriormente la plaza de teniente médico en el servicio
de Psiquiatría del Hospital Militar de Granada, y aunque en 1960
abandona su condición de militar, continúa desarrollando su labor como
jefe del servicio de Neuropsiquiatría de dicho centro sanitario.
Perteneciente -como profesor ayudante- a la cátedra de Psiquiatría del
profesor Luis Rojas Ballesteros, desarrolló también su labor médica en
el Hospital Psiquiátrico Provincial de la Virgen, y obtuvo por
oposición la plaza de médico psiquiatra del Patronato Nacional de
Asistencia Psiquiátrica, tomando posesión de la plaza a primeros del
año 1961 en el Instituto Médico Pedagógico Fray Bernardino Álvarez de
Madrid.
Se traslada el doctor González Carrillo a Tenerife a
finales de 1961, al haber obtenido también por oposición la plaza de
médico psiquiatra de la Beneficencia Provincial de Santa Cruz de
Tenerife, adscrita a la Mancomunidad Provincial. En 1963, integrado ya
como jefe de clínica en el Sanatorio Psiquiátrico Provincial -cuyos
destinos rigió después durante muchos años, tras el cese por jubilación
del doctor José Pérez y Pérez, prestigioso psiquiatra tinerfeño-, el
doctor González Carrillo obtiene, tras oposición celebrada en Madrid,
la jefatura de los Servicios Provinciales de Psiquiatría e Higiene
Mental de Santa Cruz de Tenerife.
Desde el año 1964 fue nombrado
director del Instituto Provincial de Psicología Aplicada y Psicotecnia
de Tenerife, curso en que es nombrado profesor de Psico-Pedagogía de la
Escuela de Puericultura de Tenerife y posteriormente, cuando se crea la
Facultad de Medicina de la Universidad de La Laguna, ocupa durante
algún tiempo la plaza de profesor agregado interino del departamento de
Psiquiatría y Psicología Médica de aquella institución académica.
Resulta
asimismo destacable su labor en la década de los sesenta y setenta como
director del Centro de Diagnóstico y Orientación Terapéutica, organismo
desde donde, en estrecha colaboración con la Asociación Familiar
Aspronte (presidida entonces por Maximiliano Díaz López), se realizaron
importantes trabajos estadísticos, asistenciales y educativos,
dirigidos a la integración social de los discapacitados psíquicos. Fue
ésta a lo largo de su carrera profesional una permanente norma de
actuación del doctor González Carrillo: la de superar viejos y
deshumanizados tratamientos excluyentes en pro de la integración
familiar y social de la persona con trastornos mentales, la del
desarrollo integral de su personalidad y dignidad humana. Inolvidables
y gratísimos recuerdos he conservado siempre de aquella época
compartida con Germán, así como con los doctores Felipe Pérez Mansito y
Amberes Migueles Rodríguez y con María Elena Bell Izquierdo, asistente
social del centro.
No fue nunca Germán un hombre cómodo para
ciertas personas, y más en concreto para ciertas clases dirigentes. Sus
sólidos e incorruptibles principios y su lealtad a los mismos en su
actuación profesional, el hecho de no poner nunca en la balanza su
conveniencia personal a la hora de tomar sus decisiones, el no
doblegarse dócilmente a las directrices que él estimaba desacertadas o
injustas, le acarrearon algunos sinsabores que él asumió con la
tranquilidad de conciencia de aquellos que siempre cumplen con su deber
y hacen lo que les dicta su conciencia. Como dijera Mauricio
Wiesenthal, "sólo se triunfa socialmente en mayoría, contando con la
sumisión y el aplauso del corral", y fue siempre Germán, no
intransigente o intolerante, pero tampoco manso, y muy celoso siempre
de su independencia.
Fue siempre Germán un hombre
intelectualmente curioso e inquieto, sosegado y aprovechado lector,
gran aficionado a la filosofía y a la música, especialmente a la música
española (recordaba siempre con especial cariño su asistencia al
Festival de Música de La Alhambra). Amenísimo conversador, odiaba las
urgencias propias de la modernidad y le gustaba paladear los pequeños
momentos igual que saboreaba una copa de brandy (Cardenal Mendoza, de
ser posible) en compañía de sus amigos; en los últimos años frecuentaba
y disfrutaba en toda su intensidad las reuniones que celebrábamos los
integrantes de la Peña Gastronómica El Jueves, entre los cuales Germán,
"el profesor", ocupará siempre un lugar destacado.
Profesional
de sólida formación médica, el doctor González Carrillo hizo gala
siempre de una vocación ejemplar y una abnegada consagración al
ejercicio de la psiquiatría. Si su carácter estudioso, metódico y
disciplinado le llevó a dominar como pocos el manejo de los fármacos,
predominaba sobre todo en él una humanidad desbordante y un estrecho y
personal acercamiento a sus pacientes. Siempre supo escuchar y
comprender a éstos, cuyas angustias y ansiedades se mitigaban y diluían
en el contacto personal con él. Jamás vio a sus pacientes como objeto
de su actividad médica sino como seres necesitados de ayuda y supo
además sacar provecho y enseñanzas de todos aquellos a quienes trató a
lo largo de su dilatada trayectoria profesional, en especial de los más
desvalidos y necesitados a los que trataba con entrañable afecto.
Durante
casi cuarenta y siete años atendió ininterrumpidamente el doctr
González Carrillo su consultorio psiquiátrico privado: vio su primer
paciente el día 4 de noviembre de 1961 y pasó consulta por última vez
el día 7 mayo de 2008. A lo largo de ese amplio periodo se convirtió
indudablemente en uno de los más prestigiosos psiquiatras del
archipiélago tanto por su laboriosidad como por su destreza clínica y
su discreta bonhomía. Sé que son muchos los que echarán de menos y
experimentarán cierto sentimiento de orfandad ante la ausencia, siempre
personal e insustituible, de su contagiosa vitalidad, de su
autenticidad, su reflexiva actitud y su serena palabra.
Eterno
vitalista, rechazaba siempre detenerse en los aspectos más sombríos que
nos depara la vida o la tentación de hacerse planteamientos fatalistas
y angustiosos en los que a menudo sin querer caemos. Como todo hombre
sabio, conocía el deber de afirmar siempre la vida, tenía claro que el
miedo y la angustia conducen a la inacción y a la desesperanza y que,
como afirmara Viktor Frankl, "el hombre es el ser que decide lo que es"
y que "ser hombre significa trascenderse a sí mismo, entendiendo por
autotrascendencia la capacidad, la fuerza y la vocación del ser humano
para superarse a sí mismo, olvidarse de sí, perderse de vista, cuando
se entrega a una tarea o a un semejante".
Un hecho
recientísimo que muy pocos conocemos atestigua hasta dónde llegaba la
humanidad y la vocación personal de servicio de nuestro amigo, casi
sacerdotal, y me permitirán que se lo cuente porque revela la enorme
talla personal de aquél. Aunque hacía ya algunas semanas que no podía
pasar consulta, pues sus menguadísimas fuerzas no se lo permitían, la
pasada semana, plenamente consciente Germán de que la vida se le
escapaba, tuvo conocimiento de que un antiguo paciente no se hallaba
bien, que temía una recaída y que se había angustiado sobremanera al
enterarse del estado físico de su psiquiatra. Justo el día antes de su
fallecimiento, Germán pidió a uno de sus hijos que le alcanzara la
historia clínica de aquél y con las escasas fuerzas que le quedaban
prescribió a su paciente el tratamiento a seguir y sus pautas para el
futuro. Fue el último acto médico del doctor González Carrillo.
Sólo
me queda trasladar a todos sus amigos, pero en particular, a su esposa,
María Elisa Dorta Sierra, y a sus cinco hijos, Germán, Eduardo, Juan
Alberto, Elisa y Alejandro, un emocionado abrazo y toda la serenidad y
esperanza que siempre les ha transmitido su esposo y padre. Hago uso
para ello de las palabras del psiquiatra austriaco, Viktor Frankl, tan
admirado por Germán, cuando decía: "Nada del pasado está
irremediablemente perdido: todo se almacena en él irrevocablemente. Yo
afirmaría que haber sido es la forma más segura de ser".
Hasta siempre, Germán. Hasta siempre, profesor.
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